sábado, 11 de mayo de 2019

Las Cortes de Martínez Marina


Las Cortes de Martínez Marina
Condenada por la Inquisición, la obra es una romántica defensa de la libertad frente al absolutismo, por un autor considerado por Menéndez Pelayo como el padre de nuestra historia municipal.
En la temprana fecha de finales de 1808, cuando todavía la convocatoria de Cortes en Cádiz estaba lejos de imaginarse, Jovellanos escribió a Lord Holland que “por una señalada y alta providencia acababa de salir a la luz en el tiempo en que era necesaria y podía ser más provechosa” una obra sobre las Cortes, cuyo autor no era otro que don Francisco Martínez Marina. Se trataba, evidentemente, de su Ensayo histórico-crítico sobre la legislación y principales cuerpos legales de los Reinos de León y Castilla, que, como diría años después Eduardo Hinojosa, es “es la mejor obra que aún hoy poseemos sobe historia el derecho”. Y a ella siguió poco después su obra más conocida, su Teoría de las Cortes o grandes Juntas Nacionales de los Reinos de León y Castilla. Monumento a su constitución política y de la soberanía en el pueblo que, si de menor rigor científico y crítico que la anterior, es una obra capital que llenó toda una época de la historia política española.
Afrancesado y liberal
Escrita durante los años de la Guerra de Independencia, fue dada a conocer por el autor en 1810, y finalmente vio la luz en 1813. Razón por la cual, por su colaboracionismo primero con la causa napoleónica, y por sus simpatías liberales, después, habría de ser denunciado al Consejo de Castilla para que procediera contra él por haber escrito la Teoría de las Cortes, una obra que los realistas calificaban de atentatoria contra la autoridad y opuesta a los derechos del monarca, de la Iglesia y de todas las clases del Estado.
En efecto, la obra fue condenada ante la Inquisición (que no llegó a pronunciar sentencia) por “contener proposiciones erróneas, mal sonantes, contrarias a la doctrina de los Santos Padres, sediciosas, inductivas a la rebelión contra las legítimas potestades, gravemente injuriosas a la nación española, a sus leyes, costumbres y verdaderas glorias, a los papas y a los reyes en general, y, en especial, a todos los de la casa de Austria y Borbón, sumamente denigrativa de la Inquisición y de los eclesiásticos seculares y regulares; además de otras muchas contra sus bienes e inmunidades, contra nuestros militares de la última época, contra los teólogos, canonistas, letrados y abogados y otras clases civiles y honradas”.
Contra los déspotas
Para Martínez Marina, a las Cortes se debía “todo el bien, la conservación del Estado, la existencia política de la Monarquía y la independencia y libertad nacional”. Y verdaderamente, en la obra hace un canto romántico de sus excelencias, que el autor contrapone al “lenguaje de los déspotas”, siempre secundado por “los aduladores de los príncipes y enemigos de la libertad nacional y de los derechos del hombre”.
Con unos conocimientos amplios y profundos, el autor aborda la historia de las Cortes desde su establecimiento como una parte esencial de la constitución del Reino y como el cimiento de la independencia y libertad nacional.

En la obra no hay asunto relativo a las Cortes que no se aborde en toda su complejidad, desde la influencia de los eclesiásticos en los asuntos de gobierno hasta las alzadas de los magistrados supremos y tribunales de apelación. En suma toda una obra emblemática de la historiografía liberal española, de corte verdaderamente revolucionario.



Cuadro de texto: Considerado como el verdadero fundador de la historia interna de España, Menéndez Pelayo dijo de él que había que venerarlo como “al primero que penetró en el arcano de la formación de nuestros Códigos, al primero que osó internarse con planta asegura en el laboratorio de los fueros, Cartas pueblas y de los cuadernos de Cortes; al fundador de nuestra historia municipal”. Su papel en este campo –comparable al que en otros países ejercieron Savigny, Thiers o Mommsen- fue tan destacado que sin él la historia del derecho español se hubiera retrasado medio siglo. Nacido en Oviedo en el seno de una familia muy modesta, ingresó muy pronto en la carrera eclesiástica, y no tardó en destacar por su amor al estudio, convirtiéndose en capellán de San Isidro de Madrid y en académico. Contaba sólo con treinta años cuando la Real Academia, de la que sería director en varias ocasiones con posterioridad, le abrió las puertas a propuesta del conde de Campomanes. Su laboriosidad, en medio de las turbulencias políticas de la época, fue extraordinaria desde la publicación de su primera obra, un Discurso histório-critíco sobre la primera venida de los judíos a España, hasta su muerte en Zaragoza, próximo a cumplir los ochenta años de edad.
FRANCISCO MARTINEZ MARINA (1754-1833)

Autor: M. Moreno Alonso

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